“La Eneida y la Metamorfosis: respuestas divergentes ante la crisis identitaria romana”
Sofía Urrutia Munizaga
Profesora Luisa Ocaranza
La constitución de Roma como Imperio está dada fundamentalmente por la expansión territorial intensiva que se da desde el siglo II a.C en adelante. El desplazamiento progresivo de las fronteras hacia todos los puntos cardinales, produce un aumento de pueblos que se incorporan al Imperio, cada uno con características propias, las que –aun declarándose Roma tolerante ante la diversidad de manifestaciones culturales- van haciendo cada vez más difusa la identidad del pueblo romano, pues ésta se va construyendo tomando elementos “prestados” desde otras culturas: los dioses, algunos usos idiomáticos, las fiestas, las tradiciones, todo es ajeno, pero se va moldeando y adaptando hasta el punto de ser considerado como romano.
Se produce entonces una crisis de identidad potente; cuando el ciudadano romano se pregunta qué es lo realmente propio, qué es lo constituyente del ser latino, se siente desorientado ante tantas y tan diversas influencias (de las cuales la más fuerte es la griega) y necesita resolver este problema. Ante esto, surgen diferentes respuestas, de las cuales rescataremos dos: “La Eneida” de Virgilio, y la “Metamorfosis” de Ovidio, ambas obras escritas durante el mandato de Augusto, período en el que Roma ya había realizado la mayor parte de su conquista territorial, y donde los objetivos apuntaban a expandir aún más las fronteras, pero sobre todo a consolidar Roma como un Imperio cuya administración garantizara la trascendencia de éste en la Historia de la humanidad.
En la “Metamorfosis” Ovidio actualiza mitos griegos, dándoles unidad bajo el tema del cambio, entendido como la transformación de las cosas ante situaciones determinadas. Así, se cuenta el origen de ciertas tradiciones y costumbres, ayudando a completar el saber popular, justificándolo y validándolo por medio de su obra.
En “La Eneida” Virgilio intenta –utilizando el modelo épico educador de Homero- mostrar el pasado mítico de Roma, y enlazarlo con el origen divino del emperador Augusto, justificándose así su poderío, y de paso inculcando valores como al amor por la patria, la piedad y el sacrificio por la comunidad, postulando e intentando configurar una identidad que se amolde a las necesidades del Imperio (y sobre todo del emperador), que a la época se apresta a emprender las últimas etapas de conquista territorial.[1]
Ambas son obras que apuntan a la generación de una identidad romana. En una primera lectura podemos sentirnos tentados a afirmar la complementariedad de éstas, pues “La Eneida” apuesta por un discurso fundacional y político, que pretende plasmar la Historia de Roma tomando un antepasado lejano y de origen divino para atribuirle la descendencia de la que provendría Augusto, justificando el presente político de Roma. La “Metamorfosis”, en cambio, apuesta por la síntesis cultural, tomando mitos griegos pero jugando con ellos de manera tal que termina por configurar un modelo identitario a partir de elementos de la cotidianeidad, llenando los espacios que la obra de Virgilio podría dejar en términos de justificación del ser romano.
La problemática radica en cuáles son los elementos sobre los que se sustenta la identidad propuesta, pues ambas obras son un llamado particular a la constitución de un tipo humano determinado; proponen valores y visiones de la Roma de la época, refiriéndose –directa o indirectamente- al régimen de Augusto, y generando cuerpos de ideas que tienen como propósito justificar elementos del presente a partir de un pasado mítico, pero de conocimiento popular.
El análisis de ambas obras, comparando y enfrentando directamente las posturas respecto a criterios determinados, nos permitirá encontrar los puntos de divergencia que sustentan la afirmación de la diferencia estructural de objetivos que reside bajo la aparente complementariedad de éstos.
Decidir usar el modelo épico –con más o menos adaptaciones en cada uno de los casos- implica para ambos autores, tener que comenzar sus obras con la invocación a las Musas: no es el poeta el que habla, sino la divinidad a través de él, lo que le otorga veracidad sin haber aún expuesto palabra alguna. Virgilio pregunta a las Musas la causa de las desventuras de Eneas, asumiendo que han sido por el enojo de Juno:
Dime, oh mi Musa, tú las causas de esto:
Por cuál dios ofendido o por qué causa
La reina de los dioses enojada forzó al varón así es piedad insigne
A sufrir tantos y tan duros casos (…) (Virgilio, 4)
Ovidio en cambio, aun manteniendo la fórmula de la invocación, lo hace para pedir el apoyo y ayuda de los dioses en su empresa:
Mi inspiración me lleva a hablar de las figuras transformadas en cuerpos nuevos: dioses, sed favorables a mis proyectos (…) y entrelazad mi poema sin interrupción (…) (Ovidio, 191)
Remitirse al pasado mítico es también un recurso que Virgilio y Ovidio toman como punto de partida de sus obras. La diferencia aquí radica en la antigüedad del comienzo elegido, la cual se corresponde y ajusta a los objetivos de cada uno. “La Eneida” comienza con el relato del viaje de los troyanos que huyeron de la destrucción de su ciudad, siendo la invasión a Troya por los aqueos el momento más lejano al que se remite la obra. Eneas viene de esta ciudad, y está destinado por el Hado a establecerse en otras tierras y fundar un Imperio. (Virgilio, 3). El hecho de que Virgilio tome esta referencia como inicio, tiene que ver con el objetivo de enaltecimiento del emperador, Eneas es el punto de partida de la construcción del Imperio, camino que verá su punto culmine en el principado de Augusto, que es su descendiente. Lo que Virgilio nos muestra es que toda Roma comienza con Augusto: él y su poder abarcan todo el espacio y tiempo conocidos, y también por conocer[2], siendo el inicio de la obra producto de una decisión premeditada en pos del cumplimiento de los objetivos.
Ovidio sitúa el comienzo de su obra con el comienzo del mundo, elaborando su propia cosmogonía:
Antes del mar y de las tierras y de lo que todo lo cubre, el cielo, era único el aspecto de la naturaleza en el orbe entero, al que llamaron Caos, masa informe y enmarañada y no otra cosa que una mole estéril y, amontonados en ella, los elementos mal avenidos de las cosas aún no bien ensambladas. (Ovidio, 193)
Es interesante la alusión a una divinidad ordenadora del Caos: “Un dios y una naturaleza mejor puso término a este conflicto (…)” (Ovidio, 194), aunque es explícito al no reconocer quién o qué es esta fuerza que ordena: “(…) quienquiera que fuera aquel dios, repartió la masa (…)” (Ovidio, 194). Descarta así la posible interpretación de que es Augusto quien organiza el desorden, pues lo que intenta mostrar es que el mundo comienza mucho antes que él (a diferencia de “La Eneida”) y que, por lo mismo, también puede extenderse –espacial y temporalmente- más allá del emperador; es un llamado implícito a creer en una alternativa al imperio, a pensar más allá de lo que está impuesto.
Otro eje común en ambas obras tiene relación con el Amor como fuerza cósmica; representada por la diosa Venus, por Eros o por Cupido, pero siempre manteniendo el mismo principio, el Amor como un impulso que provoca acciones, provoca movimiento en el hombre. En “La Eneida”, Venus es la madre de Eneas. Además de otorgarle con su condición ascendencia divina, la Venus simboliza el amor generador, es la Venus Generatrix[3], que encarna un amor no corrupto, una deidad que protege, acompaña y permite con ello la fundación de Roma, la creación de nuevas cosas en el mundo. Dos ejemplos de ello se ilustran a continuación, en el primero, Venus convence a Eneas de que no haga daño a Helena, aún sabiendo ambos que es por su causa que Troya está ardiendo en ese mismo instante, y que vaya donde su padre, que le necesita mucho más:
En ira y fiero ardor me vi abrasado
Cuando la causa vi de mal tan fuerte,
Y estuve de vengar determinado
Mi cara patria con su justa muerte (…)
Frenó el materno amor mi furia fiera
Y, con su diestra asiendo de la mía (…)
Llegó lo que ahora oirás a mis oídos:
“Hijo, ¿cuál puede ser dolor tan fuerte
Que de razón te pueda haber privado? (…)
Mira primero en qué lugar su suerte
Tiene tu padre de años ya cargado (…) (Virgilio, 68)
En el segundo episodio, Venus toma forma de estrella que guía el camino de Eneas y su padre a al monte Ida, ubicado al sudeste de la ciudad de Troya, lugar donde pueden estar seguros:
Corrió una estrella y, con su luz fogosa
Dejó la oscura noche esclarecida:
Pasó junto a las torres presurosa
Y fue a esconderse detrás del monte Ida (…) (Virgilio, 72)
Virgilio, además de mostrarnos a Venus como inicio del linaje divino del que proviene Augusto y el pueblo Romano, intenta arraigar la idea de que son la piedad, la racionalidad a la hora de enfrentar al enemigo, el amor y cuidado por el padre y los antepasados los que generan mundo, los que pueden contribuir a la consolidación del Imperio, incluso aunque en la práctica no sean efectivos.
La fuerza amorosa presentada en la “Metamorfosis” se asocia al concepto de Venus Meretrix[4] aludiendo a que Roma se ha generado violentando y comprando otros pueblos y personas; la que era fuerza generadora se ha corrompido y se ha convertido en una prostituta, en un amor violentado, y por lo mismo, estéril, incapaz de fundar o crear. En las historias narradas por Ovidio, se da varias ocasiones el episodio de la ninfa perseguida por un dios, a fin de satisfacer su deseo, lo que provoca un cambio, una metamorfosis que sólo implica un cambio superficial, como el de Dafne, que ante Apolo, se convierte en un laurel:
(…) un pesado entorpecimiento de adueñó de sus miembros: su blando pecho es rodeado en fina corteza, sus cabellos crecen como hojas, sus brazos como ramas; su pie, hace poco tan veloz, se queda fijo con lentas raíces, el lugar de su rostro lo tiene la copa: en ella permanece solamente su belleza. (Ovidio, 220)
En este caso, podemos apreciar que la transformación –aunque radical- es solamente de apariencia; los cambios provocados por miedo o violencia, son superficiales, y no alteran la esencia de los cuerpos transformados. Ovidio nos muestra que es ésta la fuerza que está rigiendo Roma, se arriesga a plasmarlo en su obra para mostrar que es necesario un cambio, una Metamorfosis, pero esta vez dada no por la violencia sino por el Amor creador.
Cada una de las obras mencionadas, posee una visión de mundo determinada, que en el caso de “La Eneida”, alude a un tipo de hombre ideal, modelo que se ajusta a los objetivos de consolidación imperial, y en la “Metamorfosis”, se muestra el origen de las costumbres, generando identidad, pero al mismo tiempo se ilustra la visión del autor respecto a la situación de Roma a la época.
Cuando decimos que “La Eneida” muestra un tipo humano ideal, no es que lo haga de manera explícita, sino que, a través de los valores que encarna el héroe, va enseñando un modelo imitable, que pase a ser parte de la consciencia colectiva romana, y con ello de su identidad. El amor por la patria, a tal punto de llegar a morir por ella, es una de las cualidades de Eneas, muy necesaria en el hombre romano, sometido a la voluntad de conquista de los gobernantes: “(…) muramos hoy con Troya destruida:/ sólo les queda a los vencidos una/ salud, que es no esperar salud alguna” (Virgilio, 57); el sacrificio en pos del bien común sigue la misma línea que la cualidad anterior, y se ilustra claramente cuando Eneas debe dejar a su esposa Creúsa, para cumplir la voluntad del Hado (Virgilio, 75). El amor por el padre y por los antepasados, que representan también la carga cultural que cada persona lleva consigo, es incorporado en la obra en la escena en que Eneas huye de Troya con su padre a cuestas:
“¡Ea, caro padre, en esta cerviz mía
podrás”, dije, “huir la llama brava!
Mis hombros te pondrán en salvamento
Y serme ha tal trabajo gran contento. (Virgilio, 72)
Virgilio ve en su ideal romano un hombre que se hace cargo de sus antepasados, que los reconoce y los honra, y que también lleva consigo su cultura, incluso en situaciones límite debe intentar salvarla. Anquises, el padre de Eneas, representa también su condición de mortal en esta dualidad divino humana que encarna el héroe, y que, aun teniendo a la Venus como madre protectora, siempre lo acompaña. (Cristóbal, 89).
El conjunto de mitos recopilados y trabajados en la “Metamorfosis”, tiene, entre otros, dos objetivos fundamentales: el primero, es justificar y dar respaldo a algunas costumbres latinas, por ejemplo, la génesis de los juegos Píticos (Ovidio, 214), la procedencia de la corona de laurel como premio a los vencedores de las batallas, y a los poetas (Ovidio, 220), y el origen de la flauta (Ovidio, 228); el segundo, es mostrar algunos elementos que nos permiten hacer una lectura de la sociedad romana de la época de Ovidio. El primero es la amoralidad a la que parecen estar entregados los dioses como protagonistas de los relatos: el conseguir los objetivos violentando al otro, tomando como ejemplo claro los intentos (exitosos o frustrados) de violación por parte de los dioses (Ovidio, 228); la infidelidad, plenamente justificada y oculta por medio del engaño:
El dios ocultó la tierra echándole encima gran neblina y detuvo su huida y le arrebató la virginidad (…) Juno (…) inspecciona dónde está su esposo (…) tantas veces pillado en falta(…) Él había presentido la llegada de su mujer y había cambiado el aspecto de la Ináquide por el de una resplandeciente novilla (…) (Ovidio, 223)
La desconfianza está también presente, el siempre pensar que puede haber una mentira detrás de lo que los otros afirman o demuestran: “(…) la diosa no se liberó totalmente del miedo y temió a Júpiter y estuvo preocupada por algún ardid (…) (Ovidio, 224). Lo que se intenta exponer, es la degeneración moral que sufre Roma, y que se refleja más claramente en el mito de las cuatro edades, en el que, tal como Hesíodo en “Los Trabajos y los días”, se conciben los principios de la humanidad como una sucesión de grupos humanos, desde la más virtuosa y perfecta, hasta aquella donde la piedad –valor romano por excelencia- se ha perdido, y los dioses han abandonado la tierra. (Ovidio, 200).
A partir de los puntos de convergencia y divergencia identificados y desarrollados, podemos afirmar que tanto “La Eneida” como la “Metamorfosis” son obras que tienen dentro de sus objetivos la configuración de una identidad romana, pero basada en aspectos diferentes. “La Eneida” recurre a valores que podemos considerar tradicionales, o arcaicos; lo que Virgilio pretende es tomar los elementos que hicieron grande a Roma, e instalarlos en el presente a fin de continuar y consolidar la gloria del Imperio, es volver al pasado pretendiendo que todo sea como en ese entonces, aún a sabiendas de que la Roma de su época dista bastante de la que propone. Ovidio en cambio, responde al modelo virgiliano de Roma ideal, ofreciendo al lector la que él cree es la Roma real, matizada con recursos estéticos que la hacen accesible y atractiva para el público.
Ante la crisis de identidad, ambos autores toman su propio camino, cada uno de los cuales excluye al otro irreconciliablemente, pues Virgilio propone retrotraer valores arcaicos, es decir, mantiene un status quo en la escala axiológica romana, negándose a ver que en realidad es un modelo utópico; Ovidio en cambio apuesta por la metamorfosis, por la adaptación de los hombres a los nuevos tiempos, adaptación que va de la mano con la juventud; no es a Anquises y los antepasados a los que hay que cargar, es el futuro el único punto en el cual fijar la vista; es la Roma del carpe diem, del disfrute incluso a costa de la transgresión, y del abandono de valores que parecen obsoletos y sobretodo, unilaterales e impuestos: para Ovidio cada quien puede tener sus propios parámetros de conducta, la pluralidad es la única regla, cada quien piensa diferente y actúa en consecuencia con ello; siendo su modelo de hombre el romano ciudadano del mundo, que toma un poco de cada lugar, que adapta, que amolda, y que es capaz de hacer de esa síntesis su identidad.
Bibliografía
- Cátedra Historia Antigua. Profesora María José Cot, clase 8 mayo. Universidad Alberto Hurtado.
- Cátedra Literatura Antigua. Profesora Luisa Ocaranza, clase 3 mayo. Universidad Alberto Hurtado.
- Cátedra Literatura Antigua. Profesora Luisa Ocaranza, clase 23 junio. Universidad Alberto Hurtado.
- Cristóbal, Vicente. “La Eneida de Virgilio, un viaje entre Troya y Roma”, Revista de filología románica, 2006
- Ovidio. Metamorfosis. Trad. Ely Leonetti. Madrid: Espasa, 2006
- Virgilio. Eneida. Ed. José Carlos Fernández. Madrid: Cátedra, 2006.
[1] Cátedra Historia Antigua. Profesora María José Cot, clase 8 mayo. Universidad Alberto Hurtado.
[2] Cátedra Literatura Antigua. Profesora Luisa Ocaranza, clase 3 mayo. Universidad Alberto Hurtado.
[3] Cátedra Literatura Antigua. Profesora Luisa Ocaranza, clase 23 junio. Universidad Alberto Hurtado.
[4] Cátedra Literatura Antigua. Profesora Luisa Ocaranza, clase 23 junio. Universidad Alberto Hurtado.